La recomendación de febrero: ‘Lady Bird’ (Greta Gerwig, 2017)

“Quiero que seas la mejor versión posible de ti.

¿Y si esta ya es mi mejor versión?”

Mi recomendación este mes de febrero es ‘Lady Bird’, la película dirigida por Greta Gerwing y protagonizada por Saoirse Ronan. Tras verla casi me sorprende que haya conseguido tanto reconocimiento, en el sentido de que me la imagino más como una de esas “joyas desconocidas” que apenas reciben atención en Hollywood mientras compiten en cartelera con películas de superhéroes y thrillers llenos de giros. Pero me alegra ver que esta película está teniendo una buena acogida porque creo que tanto la directora como el reparto lo merecen.

‘Lady Bird’ es la historia de Christine, una joven que camina a través de sus contradicciones mientras intenta descubrir quién es. Además, es la historia de la relación llena de contradicciones con su madre, una mujer que también tiene -sí, lo habéis adivinado- su buena parte de contradicciones.

Fui a ver esta película consciente de que las altas expectativas y las críticas que la ponen por las nubes podían no cumplirse. Normalmente leo opiniones sobre las películas antes de ir a verlas, aunque intento no dejarme influenciar mucho por ellas.

Y, en cierta manera, me pareció una cinta más normal de lo que me podía imaginar, pero aun así me pareció maravillosa. Hubo algo en la aparente sencillez de la película que me atrapó, a pesar de que no deja de ser la historia de una adolescente que vive en Estados Unidos.

Como buena integrante de la generación que se crió viendo series juveniles estadounidenses, estoy de sobra versada en el sub-mundo de los institutos estadounidenses (y especialmente de los bailes). Un poco hasta el hartazgo, la verdad.

Pero Gerwing logra contar esa historia de una manera diferente y para ello cuenta con un personaje tan fabuloso como es el de ‘Lady Bird’. Tengo que decir que en más ocasiones de las que me gustaría vi reflejada mi propia adolescencia -e incluso juventud- a través de Christine.

La película está llena de pequeños detalles que le dan un toque mágico y cálido. Así, destacaría los diálogos entre madre e hija, los destellos que vemos de las historias de algunos personajes secundarios y los toques de humor negro.

No quiero hacer ningún tipo de spoiler así que sólo os recomiendo verla sin ningún tipo de prejuicio. Y disfrutad.

 

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El cuento de una generación

A veces me apresuro en frente de un documento en blanco, con la urgencia de contar algo significativo mientras las ideas vuelan por mi cabeza. Muchas veces fracaso, lo reconozco, y las palabras no permiten escribirse.

Me gustaría contaros la historia de María, una joven que acaba de terminar las prácticas extracurriculares del máster y que se enfrenta a un futuro inmediato de incertidumbre. María se plantea si es conveniente buscar otro curso que añadir a la larga lista de formación que aparece en su currículum o si empezar a estudiar un cuarto idioma. Porque, de momento, no está teniendo suerte en su búsqueda de un trabajo y le aterra estar sin hacer nada.

Pero también me gustaría hablaros de Javi, que trabaja de dependiente en Londres. Él no se lo pensó mucho antes de hacer la maleta tras acabar ADE y partió maldiciendo el mercado laboral español. Su sueldo y los turnos extra le permiten vivir de forma estable en un piso de ocho personas y viajar de vez en cuando a su pueblo natal. Ahora, con el Brexit, tiene que decidir si quedarse o volver a España.

También está Paloma, que está estudiando una segunda carrera después de cansarse de esperar a que le saliera ‘algo de lo suyo’. O Sara, una treintañera que tras casi un año en paro acaba de aceptar un puesto precario con un sueldo que apenas le llega para pagar el alquiler. O Marcos, uno de esos jóvenes emprendedores que, a pesar de que no le falta trabajo, está convencido de que no cobrará jamás una pensión cuando se jubile.

Me gustaría contaros la historia de nuestra generación, de esos niños de clase media que disfrutaban de muchos juguetes, que vivían en casas hipotecadas con varios televisores y que viajaban regularmente a la costa, cuando no al extranjero. Esos niños a los que les dijeron que si estudiaban, si iban a la universidad y aprendían inglés vivirían igual o mejor que sus padres. Me gustaría contaros la historia de una gran mentira colectiva y de la frustración que le siguió. Aunque supongo que mucho ya la conoceréis.

Pero ¿por dónde empezar?

La máquina del odio

“A veces ser feminista es muy cansado”. Me lo dijo Silvia medio en broma y medio en serio y yo solo pude darle la razón. Claro que cansa. Porque el feminismo te da las herramientas necesarias para detectar todo lo que hay que cambiar en la sociedad para que ésta sea realmente igualitaria. Y te das cuenta de que son muchas cosas y de que el patriarcado no lo va a poner fácil.

La indignación consume mucha energía, pero también en muchos casos es necesaria para impulsar los cambios. Calladas y quietas no vamos a conseguir nada.

Esta reflexión me viene rondando por la cabeza también al hilo de otro tema: el odio. Al fin y al cabo, uno de los argumentos (claramente falaces) que se ha utilizado para desacreditar a las feministas es que somos mujeres que odiamos a los hombres.

Pero lo cierto es que vivimos en sociedades, en general, cargadas de mucho odio. O esa es la sensación que tengo, de que con la expansión de internet y las redes sociales ha aflorado una parte muy negativa del ser humano. Siguiendo con el tema del feminismo, lo vemos con las reacciones llenas de ira que desatan algunas opiniones y posturas feministas. Algunos hasta lo han convertido en un juego en el que intentan provocar a las y los feministas con el machismo más rancio con el objetivo de tener notoriedad.

Una persona a la que admiro dijo que, en lugar de dejarse arrastrar por el odio que inunda nuestras sociedades, es mejor transformar esa energía en algo positivo. Sí, vale, parece una frase de libro de autoayuda, pero a mí me pareció muy inspiradora.

El feminismo tiene un poder transformador enorme. Ahora puede parecer algo muy lejano e impreciso, pero el camino también cuenta. Y algo muy positivo de ese proceso para mi es el concepto de sororidad, que considero que es más concreto e inmediato. Las y los feministas tenemos la capacidad de contribuir en nuestro círculo de amistad, en nuestro trabajo, en nuestra familia a una red en la que las mujeres no estemos solas ante la maquinaria de odio del patriarcado.

¿Preocupa la violencia contra las mujeres?

Cada vez que sale el barómetro del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) hay una cifra que me horroriza. Me refiero al bajo número de encuestados que sitúan la violencia contra la mujer como uno de los principales problemas en nuestro país. Y aún así parece que nos tenemos que consolar con el hecho de que esta cifra haya aumentado algo.

En el barómetro de enero, publicado esta semana, sólo el 4,6% sitúa esta cuestión entre los tres principales problemas en España. El porcentaje se reduce al 1,2% cuando la pregunta es sobre los problemas que les afectan personalmente. Hay que decir que los problemas que se sitúan en lo alto de la lista suelen ser siempre los mismos de forma muy clara (el paro, la corrupción y los políticos en general).

Pero el dato ha llamado la atención porque en encuestas anteriores era incluso aún más bajo. Así, por ejemplo, en el barómetro de diciembre de 2017 sólo el 1,8% incluía la violencia contra la mujer entre los principales problemas de España. En octubre de 2017 el dato era de sólo el 0,8%.

Me preocupa que el repunte sea algo pasajero y que se deba a la mediatización de un caso concreto como fue el de Diana Quer. Fue justo a finales de diciembre cuando encontraron el cadáver de la joven desaparecida y detuvieron al principal sospechoso: un hombre con el que se habría cruzado en una carretera antes de ser asesinada. Este ha sido un suceso que ha tenido un gran impacto (y unas grandes dosis de amarillismo, también) por su cobertura en los medios.

No se trata de hacer una competición de problemas. Yo también he sufrido el desempleo y la precariedad, yo también me he indignado contra los corruptos. Pero estamos hablando de que hay mujeres que son asesinadas o que sufren violencia por el simple hecho de ser mujeres. ¿No es una situación suficientemente grave para situarla más arriba en la lista de problemas que tiene nuestra sociedad?

Demasiado pronto

Fue su idea dar un paseo de domingo por el Retiro y acabamos corriendo bajo la nieve. Yo prefería haberme quedado en la cama, viendo Netflix con un café caliente. Pero me convenció con la promesa de dedicar la tarde a la nada. Así que allí fuimos, paraguas en mano y equipados con bufanda, gorro y guantes.

Había menos gente de lo habitual en el parque. Algún intrépido ‘runner’ desafiaba las condiciones meteorológicas, pero el resto nos dedicábamos a contemplar cómo caía la nieve, blanca, pesada, pero sin llegar a cuajar en el suelo. La nieve me trae recuerdos de mi infancia y mi familia, así que pronto logré desperezarme y sonreír.

Él corría de un lado al otro como un niño pequeño, intentando atrapar algún copo con la boca. Su energía era contagiosa y a pesar del frío me invadió una sensación cálida. Un momento perfecto que se desvaneció pronto.

Un niño -este de verdad- apareció también corriendo por nuestro lado. A pocos metros le seguía su padre, intentando detener al pequeño, que se dirigía hacia la salida del parque y hacia la carretera. El hombre gritaba el nombre del niño angustiado y casi se resbala durante la persecución, que concluyó rápidamente cuando pudo alcanzar al hijo. En seguida lo levantó para resguardarlo entre sus brazos y alejarlo de allí.

Tras presenciar esa escena, seguimos caminando hasta que la familia quedó lejos.

­—¿Tú piensas criar a tus hijos en la ciudad? A veces dudo que sea el mejor lugar para un niño—soltó él de repente.

No supe qué responder. Era demasiado pronto para tener esa conversación y el hecho de que asumiera tan fácilmente que yo iba a tener hijos me desconcertó. No dije nada e intenté cambiar de tema. Demasiado pronto para tener esa conversación.

Sueños recurrentes

Anoche regresé al laberinto. ¿Alguna vez habéis tenido un sueño recurrente, que se repite de diferente forma cada cierto tiempo? El mío es estar perdida en un laberinto, normalmente formado por grandes setos de hojas verdes. También he recorrido oscuros pasillos dentro de una casa o callejones encerrados entre edificios.

Hacía tiempo que no tenía ese sueño. Esta vez era de noche, pero los setos estaban iluminados por una gran luna que destacaba imponente en el cielo nocturno. Tenía frío y caminaba despacio, sin saber hacia dónde dirigirme. Temía escuchar ruidos a mi espalda, como en otras ocasiones, pero el silencio y la tranquilidad parecían dominar el laberinto.

Al menos hasta que oí el canto de un pájaro. Era un sonido melódico, suave, que me reconfortó en vez de asustarme. No sé cómo, pero al rato distinguí al ave posada en una extraña rama que sobresalía de uno de los setos, a demasiada altura para alcanzarla. El pájaro seguía cantando y me pude fijar en que tenía un plumaje extraño, de color verde.

Me acerqué más hasta que el ave se percató de mi presencia. Entonces levantó el vuelo sobre el laberinto y el silencio volvió a ser absoluto. Me invadió el cansancio y me tumbé en el suelo. Bajo mi cuerpo sentí el tacto de la arena, en lugar de la tierra que había visto al principio. Pero no podía ni siquiera mover la mano para cerciorarme. Estaba paralizada, aunque tenía los ojos abiertos y podía seguir viendo los altos setos y el cielo iluminado por una superluna.

Quise ser el pájaro y volar para encontrar la salida, pero estaba convencida de que el animal ya se había marchado lejos. Y aún así me pareció oír el eco de su canto antes de despertar en mi habitación.

La recomendación de enero: ‘La mano izquierda de la oscuridad’, de Ursula K. Le Guin

“Lo había intentado varias veces, pero mis esfuerzos concluían en un modo de mirar demasiado deliberado: un guedeniano me parecía entonces primero un hombre, y luego una mujer, y les asignaba así categorías del todo irrelevantes para ellos, y para mí fundamentales”.

‘La mano izquierda de la oscuridad’. Ursula K. Le Guin

 

Quiero centrar la recomendación de este mes en la escritora Ursula K. Le Guin, que falleció el pasado 22 de enero. Se trata de una de las autoras que más ha contribuido a la ciencia ficción en las últimas décadas y una mujer que ha derribado barreras dentro de un género en el que principalmente se ha reconocido a los hombres.

En concreto, me gustaría hablar de ‘La mano izquierda de la oscuridad’, la primera novela que leí de Le Guin y una de las que más me ha impactado de ella. Para mí, ‘La mano izquierda de la oscuridad’ fue de esas obras en la que te acabas rindiendo ante la potencia de la idea pese a los fallos de traducción que había en la edición que leí. Y más teniendo en cuenta que fue una novela publicada en 1969.

La obra cuenta la historia de Genly Ai, un enviado al planeta Gueden cuya misión es la de convencer a los gobernantes de este mundo de que se unan a una alianza galáctica conocida como el Ekumenen. Ai, siendo un hombre básicamente terrestre, se encuentra una sociedad caracterizada por la ausencia de géneros.

Los habitantes de Gueden son hermafroditas en potencia, es decir, la mayor parte del tiempo carecen de un sexo biológico asignado, pero luego su fisiología puede convertirse indistintamente en la de un ‘macho’ o una ‘hembra’ durante un momento determinado de su ciclo sexual para luego retornar a la fase neutra, digamos. Por ese motivo, no existe la distinción entre lo ‘masculino’ y lo ‘femenino’ en el comportamiento social de los guedenianos.

El propio libro invita a reflexionar sobre si la ausencia de géneros es lo que motiva que en ese planeta no exista el concepto de ‘guerra’. Sin embargo, creo que la propia narración lo desmiente ya que sí existen los asesinatos, las conspiraciones políticas, los conflictos entre localidades e, incluso, se especula con la posibilidad de una escalada de la enemistad entre los dos principales países.

De hecho, parecen influir más otras características políticas (un país es una monarquía y otro una oligarquía burocrática), sociales o incluso climatológicas para explicar gran parte de los comportamientos de los habitantes de Gueden. Y, aún así, el propio enviado reconoce que las diferencias sexuales son las que más le cuesta asimilar.

En una primera lectura me llamó la atención la precipitación de Ai para juzgar determinadas características (muchas veces negativas) como ‘femeninas’. Pero, al fin y al cabo, el enviado es una representación de un hombre terrestre y la sociedad sin género de Gueden es una rareza incluso en ese universo donde el ser humano puebla varios mundos. Los mismos prejuicios pueden darse en el lector al intentar imaginarse al otro protagonista, Estraven, como algo diferente a un hombre.

Suelo leer ciencia ficción y este libro para mi ha destacado especialmente, pero también se lo recomendaría a las personas que no les gusta este género. Al fin y al cabo, lo que hace es poner un espejo en el que se reflejan nuestros prejuicios ante lo extraño, pero que también genera una reflexión sobre qué características pueden calificarse como inherentes a las sociedades humanas y cuáles no.

 

Imagen: Ursula K. Le Guin en 2015/ Win Goodbody