Piropos indeseados

La Junta de Andalucía ha lanzado recientemente una campaña contra el acoso callejero, que, por supuesto, ha generado polémica. En el spot que han publicado comparan a los hombres que piropean de forma agresiva o ‘acechan’ a las mujeres con diferentes animales (gallos, cerdos, buitres…).

A mí la verdad es que me parece una campaña positiva. La única gran pega que le veo es que cae en el error de atribuir a los animales un comportamiento que es propio de los seres humanos. Pero ha habido gente que le ha molestado que se señalen los piropos como un tipo de violencia machista.

En esto mi posición es clara: estoy absolutamente en contra de esa forma de ‘piropos’ y sí creo que es una conducta machista. Y me parece increíble que todavía haya que explicar que es algo muy diferente decirle algo bonito a alguien con quien tienes confianza que soltárselo a un completo extraño con el que te cruzas por la calle. Por no hablar de otros lugares donde ese tipo de ‘cumplidos’ resultan aún más inapropiados, como el lugar de trabajo de esa persona. Por no hablar de cuando esos comentarios no tienen nada de ‘piropo’ y suenan más a amenazas.

Siempre hay alguien que reacciona diciendo ‘bueno, qué se le va a hacer, no se puede prohibir’. Pero ¿qué tal si, como sociedad, educamos a nuestros hijos para que tengan claro que esas conductas no son aceptables? A mí no se me ocurre salir a la calle y parar a un hombre que no conozco para reírme en su cara o molestarle de forma consciente. Y no necesito una ley que me lo diga o la amenaza de una sanción.

Los hombres, en cambio, han crecido con la idea de que tienen el derecho de dar su opinión sobre el físico de una perfecta desconocida sin pensar un momento en que pueden importunarla. Porque cuántas veces, cuando he manifestado mi desagrado por un piropo no deseado, la reacción del hombre ha sido reírse y nada más.

Y me estoy refiriendo desde el típico que te grita obscenidades mientras te mira descaradamente el culo en plena calle hasta el señor con edad de ser tu abuelo que se acerca discretamente en el metro para decirte por lo bajo que eres muy guapa. Puede que encuentres alguna mujer que se sienta bien con ese tipo de comentarios, pero ante la alta posibilidad de que molestes, simplemente no lo hagas. No necesitamos la valoración o la apreciación de un hombre cualquiera con el que te has cruzado.

Esto no significa que no se pueda lanzar a un piropo a nadie en ninguna circunstancia. Como digo, es fundamental valorar si la situación y el grado de confianza con la otra persona son adecuados. ¿Suena complicado? Pues es un proceso que muchas mujeres hacen constantemente. Y que además se hace de forma separada de cualquier intención sexual. Le puedes decir a tu amiga o a tu compañera de trabajo que está guapa con esa camisa. Le puedes comentar a tu amigo que el nuevo corte de pelo le favorece. Pero si eres un hombre y sólo dices comentarios halagadores sobre el físico a las mujeres, quizás deberías reflexionar un poco.

 

Imagen: Campaña ‘#NoSeasAnimal’ del Instituto Andaluz de la Mujer y el Instituto Andaluz de la Juventud.

Qué quiero ser de mayor

Durante los últimos días he estado revolviendo en cajas y cajas de recuerdos de infancia. ¿Alguna vez pensasteis que vuestros padres guardarían intactos todos los objetos de cuando erais pequeños? Pues no ocurre así. Para mi sorpresa mi madre me ha dado un ultimátum para que tire algunos de los trastos que todavía pueblan los rincones más nostálgicos de su casa.

Y entre juguetes, ropa demasiado pequeña y cachivaches inútiles, me he encontrado algún que otro documento de lo más entrañable. Por ejemplo, no pude evitar quedarme fascinada ante una de las redacciones que escribí de pequeña para el colegio en la que mi mini-yo describe sus (mis) planes para el futuro.

El texto no tiene fecha, así que no sé cuántos años tendría, pero está escrito con letra redonda e irregular y con muchas faltas de ortografía, todas señaladas con una línea roja. En primer lugar, establezco que no quiero ser vieja jamás, como si fuera una opción, y que quiero ser famosa. Así, en general.

Luego detallo algo más de mi vida soñada. Quería triunfar en el mundo de la moda, diciéndole a todo el mundo lo que tenía que llevar puesto y la ropa que era fea o no. Iba a convertirme en jefa, pero sin tener que trabajar muchas horas, ya que también quería tener tiempo para jugar y dormir.

Viviría en una mansión con mis amigos, dos perros y un gato. La casa, por supuesto, sería mágica y se limpiaría sola. Porque para entonces iba a tener mucho dinero y podría comprar todos los helados del mundo. De hecho, habría una habitación dedicada exclusivamente a guardar todas las golosinas.

En algún momento de mi vida me casaría y tendría muchos hijos (complejo de hija única, supongo). Mi marido también sería un hombre de éxito en el mundo profesional y siempre estaríamos juntos, no como mis padres que decidieron “di-vor-ciar-se” (por algún motivo está escrito así, separado).

Mi mansión estaría reservada para mi marido, mis hijos y mis amigos, pero de vez en cuando permitiría que el resto de familiares se quedara.  Sobre todo, para cuidar de las mascotas cuando me fuese a recorrer el mundo. Tendría un avión privado y vería todos los países (que pensé que serían pocos).

No sé cuándo esa vida soñada fue desapareciendo. Tuvo que ser poco a poco y por diversos motivos. La realidad se encargó de frenar algunas de esas aspiraciones, mientras que otras fueron cambiando para adaptarse a mi propia transformación.

Y al leer las palabras de la niña que fui la verdad es que he tenido sensaciones encontradas. He sentido ternura por esa criatura infantil e inocente que todavía forma parte de mí. Pero también me ha embargado algo de tristeza al imaginarme esos sueños como hojas secas que se caen del árbol, pero que, durante un largo tiempo no fueron reemplazadas, dejando las ramas vacías y expuestas al frío invierno. Esperando, antes de comprender que la primavera la tienes que crear tú mismo.

Tipos de hombres en las conversaciones sobre feminismo

Suelo hablar mucho con amigas sobre temas relacionados con el feminismo. Tengo la suerte de estar en contacto con un círculo de personas que compartimos la misma defensa básica de la igualdad y que podemos debatir sobre diferentes corrientes, visiones y matices desde el respeto, casi siempre. El problema es que ya nos hemos acostumbrado tanto a hablar de esa forma entre nosotras que a veces me coge por sorpresa la reacción de otras personas.

Hablo, en concreto, de cuando nos encontramos un grupo de amigos y conocidos de diverso grado en un ambiente informal. Al final siempre se acaban mencionando temas de actualidad como las denuncias de acoso sexual en Hollywood y me resulta especialmente curioso ver como algunas mujeres y, sobre todo, hombres reaccionan de forma negativa.

Últimamente he identificado un fenómeno nuevo y es el de encontrar hombres visiblemente incómodos cuando se habla de feminismo, ya sea en general o sobre algún tema en concreto. Algunos respetuosamente se abstienen de comentar, mientras que otros sólo sueltan un par de frases que coinciden con la línea mayoritaria de la conversación. Lo que me parece natural, la verdad, hay veces que es mejor escuchar y simplemente pensar antes de hablar.

Luego siempre te encuentras a algún hombre que no, de callar nada. Él tiene una opinión tajante al respecto y se hará escuchar por encima de los demás si hace falta. Es aquel que cuando se habla del escándalo de un actor en concreto se pone a la defensiva para recriminar cualquier atisbo de generalización contra los hombres. Y coincido en lo de no generalizar, pero suele ocurrir que quien lo dice en ese contexto es una persona ya preparada para sentirse aludida y ofendida.

También me he encontrado a aquel que lleva las cosas más allá, listo para entrar de lleno en la polémica con comentarios como ‘exageráis’, ‘el machismo es cosa del pasado’ u ‘oye, pero una cosa es la igualdad y otra es el hembrismo’. Que una cosa es estar en contra de las violaciones y otra es ponerse en plan feminista radical y exigir unas cosas que…

Pero lo peor de aquellos que entienden los debates feministas como un ataque o una ofensa es que siempre, siempre, te dirán algo parecido a ‘pero que conste que yo no soy machista’. A veces a este tipo de frase le suele seguir un ejemplo contundente tipo ‘¿cómo voy a ser misógino, si tengo hermanas/sobrinas/hijas? A veces los hay más originales que te dicen que trabajan con muchas mujeres (muy pocas veces ‘para’ mujeres). Esta frase es el nuevo ‘¿cómo voy a ser racista si tengo un amigo negro?’ o ‘¿cómo voy a ser homófobo si tengo un amigo gay?’.

Repito que no me gusta generalizar y que tengo amigos hombres que son feministas y que son capaces de expresar sus opiniones sin monopolizar la conversación. También he conocido a mujeres que se niegan a llamarse feministas, pero son capaces de debatir sin polemizar. En alguno de estos últimos casos, tengo que confesar que he sido yo la que he acabado desquiciando la conversación por intentar convencerlas de que, en el fondo, sí comparten los valores del feminismo. Aunque sin faltarles el respeto, espero. En fin, que habrá que seguir debatiendo.

 

¿Putas o puritanas?

No pensaba escribir sobre el manifiesto de un grupo de mujeres francesas contra los movimientos de denuncia del acoso sexual. Claro que me dio pena que estuviera firmado por mujeres, pero prefiero ir a la raíz del problema en vez de centrarme de forma específica en ellas. Y precisamente lo que me ha hecho volver a indignarme es identificar en ese texto los mismos mecanismos que siempre ha empleado el patriarcado para mantenerse vivo.

Por si no lo habéis podido leer aún, se trata de este artículo publicado en ‘Le Monde’ con la firma de más de 100 mujeres, algunas muy conocidas. El texto defiende que no hay que mezclar actos criminales como la violación con otro tipo de comportamientos de los hombres hacia las mujeres.

A la vez, critica que movimientos como el ‘#Metoo’ han perjudicado a muchos hombres que “sólo se equivocaron al tocar una rodilla, tratar de robar un beso, hablar sobre cosas ‘íntimas’ en una cena de negocios, o enviar mensajes sexualmente explícitos a una mujer”. Pobrecitos.

Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de eufemismos que utilizan. El manifiesto habla de “seducción (o coqueteo) insistente”, de galantería o de “robar un beso” como si fueran situaciones inocentes y no escenas de acoso que se producen contra la voluntad de la mujer. Por supuesto que no es lo mismo que una violación, pero ¿por qué las mujeres tenemos que aceptar sentirnos incómodas o violentadas en la calle o en el lugar de trabajo? El texto señala la libertad de los hombres, ¿dónde está la libertad de las mujeres?

El segundo elemento me pareció totalmente injustificable es que se habla de que estos movimientos contra el acoso obedecen a características del “puritanismo” y que sirve a los intereses de quienes tienen una “concepción sustancial de la moralidad buena y victoriana”. En este punto casi me echo a reír, en serio.

Cuántas veces el patriarcado ha intentado encasillar a las mujeres en sólo dos etiquetas: puta o puritana. A mí, por lo menos, me han llamado las dos cosas en varias ocasiones (quizás con otros nombres). He sido una zorra cuando he hablado abiertamente de mi vida sexual, cuando me he acostado con un chico sin querer luego iniciar una relación sentimental. Pero también he sido una ‘estrecha’ cuando he rechazado los avances “insistentes” de un chico, cuando me he quejado en voz muy alta de los roces indeseados, cuando he criticado al porno por la forma en la que representa a las mujeres.

Por eso prefiero dedicar mi energía a combatir esas casillas absurdas. Me pueden llamar puta, me pueden llamar monja, pero seguiré defendiendo mi libertad con uñas y dientes si hace falta del mismo modo que los hombres defienden la suya. Ni un paso atrás.

«Estás loca»

Estás loca. Exageras. Está sólo en tu cabeza. Lo que te pasa es que odias a los hombres. Eres una amargada.

Hoy me lo he vuelto a cruzar. Ha sido en el metro, un encuentro breve y superficial. Esta vez su tono era cordial. Me miró con su sonrisa torcida y sólo me preguntó qué tal estaba, si ya había encontrado trabajo, si seguía viviendo con Silvia. Una charla correcta y, sin embargo, algo en su voz me hizo recordar los malos momentos de nuestra relación.

Guardo buenos recuerdos de casi todos mis exnovios y con algunos incluso mantengo la amistad. Pero él es diferente, en el peor de los sentidos. Cuando miro atrás sólo percibo un difuso recuerdo de cómo era al principio. De las carreras por la noche de Madrid, de la ilusión de que la ciudad y el tiempo nos pertenecían. Luego vinieron las peleas, los gritos, las miradas despectivas, los comentarios mordaces.

No sé cómo no me di cuenta. Todavía me pregunto por qué aguanté tanto hasta cortar la relación. Él se quedaba delante de mí, sin tocarme. Me miraba serio, como decepcionado, y me preguntaba por qué veía problemas donde no los había. Nunca hubo golpes físicos. Y yo me empezaba a cuestionar si tendría algo de razón, si era culpa mía.

El día que le dije que se acababa está almacenado en mi memoria lleno de momentos en blanco. No hubo ninguna catarsis, simplemente supe lo que tenía que hacer. Con las últimas fuerzas que me quedaban conseguí caminar lejos de él. Llegué a mi piso sin pensar en nada y me acurruqué en la cama. Recuerdo que permanecí unos instantes escuchando el silencio de la casa, apreciando su ausencia hasta que me quedé dormida.

A veces todavía revivo esos momentos de la relación y escribo en mi cabeza el guion de lo que tendría que haberle contestado. Funciona como una escena perfecta: un emotivo discurso sobre la necesidad del feminismo, un cierre que consiga empoderar a las mujeres y un plano móvil mientras me levanto, le digo que ahí se queda y me marcho con un portazo.

La realidad es que me quedaba callada y bajaba la cabeza sin saber qué decir. Por eso, en parte, escribo esto. Nunca más el silencio.

“A todas las chicas que estén viendo esto les digo que en el horizonte se despierta un nuevo día”

La 75º edición de los Globos de Oro, celebrada este domingo, se tiñó de negro contra el acoso sexual que sufren las mujeres en la industria del cine. Fue una de las primeras grandes galas después de los escándalos de Harvey Wenstein, Kevin Spacey y otros hombres poderosos de Hollywood. Un lugar incomparable para lanzar un mensaje claro: ‘Time’s Up’. El tiempo de callar ante los abusos machistas se ha acabado.

Más allá del eslogan, ‘Time’s Up’ es una iniciativa respaldada por más de 300 mujeres que trabajan en el mundo del espectáculo y que busca combatir las desigualdades y las injusticias que se dan sobre todo en los lugares de trabajo. Entre sus objetivos también está el de recaudar fondos para dar apoyo legal a las mujeres que han sufrido acoso sexual.

En lo simbólico, la edición de este año se caracterizó porque actrices y actores se vistieron de negro para protestar por estos abusos. Pero, la verdad, el color de los vestidos, los esmóquines y las chapas es lo de menos. Además, si tuviera que escoger un color para reivindicar una lucha feminista, dudo mucho que fuera el negro. Sería algo más combativo y vivo, como el rojo.

Lo mejor de estos Globos de Oro ha sido la imagen de las actrices de ‘Big Little Lies’ recogiendo cuatro premios por una serie que entra de lleno en temas como el maltrato y la sororidad. Lo mejor de estos Globos de Oro ha sido el premio a Elisabeth Moss por la impactante ‘El cuento de la criada’ (gran adaptación del libro de Margaret Atwood, cabe recordar).

Lo mejor de estos Globos de Oro ha sido Natalie Portman señalando que todos los nominados a mejor director eran hombres. Es decir, que todavía falta mucho que conseguir un cambio real. Y eso que uno de los éxitos de la temporada, ‘Lady Bird’, está dirigida por una mujer: Greta Gerwig.

Y, por supuesto, uno de los momentos clave de la noche fue el discurso de la presentadora y actriz Oprah Winfrey tras recibir un premio honorífico por su carrera. La primera mujer negra en conseguirlo en 75 años. Las palabras de Winfrey han sido repetidas ya muchas veces en estas últimas horas, pero vale la pena volver a destacarlas:

«Durante demasiado tiempo las mujeres no han sido escuchadas o creídas si se atrevían a contar su verdad al poder de esos hombres. Pero ese tiempo se acabó (…)

A todas las chicas que estén viendo esto les digo que en el horizonte se despierta un nuevo día. Y cuando finalmente llegue ese nuevo día, será gracias a muchísimas magníficas mujeres, muchas de ellas están aquí esta noche, y también con algunos hombres fenomenales, que pelearán duro por convertirse en los líderes que nos llevarán a un tiempo en el que nunca nadie tenga que decir: ‘Yo también’ otra vez”.

Imagen: goldenglobes.com

 

De niños, niñas, reinas y muñecos de nieve

Todavía se ven con frecuencia catálogos de juguetes en los que hay una clara diferenciación sexista. Páginas de color rosa para niñas, llenas de muñecas, cocinitas y peluches. Páginas en azul para niños con juegos de construcción y coches de carreras. Y sigue siendo absurdo está división cuando los niños (en general) sólo quieren ser niños (en general) y jugar sin importar el género que se le has asignado o que han asumido.

Este año he vuelto a ver este tipo de publicidad y me he acordado de un episodio que ocurrió en mi familia en los Reyes del año pasado. Los protagonistas fueron mis sobrinos (los hijos de mi prima, en realidad): la hija mayor tenía 5 años y el pequeño 4. Por entonces todavía estaban completamente obsesionados con la película ‘Frozen’ hasta el punto de que pedían verla cada dos por tres y se ponían a cantar las canciones a gritos.

Cuando tuvieron que escribirle la carta a los Reyes, mi sobrino pidió una muñeca de Elsa y una corona a juego con la que traía el juguete. Y lo sé porque ese pequeño deseo provocó un profundo debate en el seno de mi familia. Mi prima estaba a favor de comprarle la muñeca pero su marido tenía bastantes dudas. Cuando le preguntaba que por qué no estaba seguro, se encogía de hombros y empezaba a decir frases que dejaba a medias, como si yo tuviera que completarlas con los prejuicios ‘normales’.

Hubo otros parientes que se expresaron sin tanta sensibilidad, pero prefiero obviar aquí comentarios que entraban de lleno en la homofobia. Al final mi prima y su marido se decidieron a seguir los deseos del pequeño y no sólo le compraron la muñeca y la corona sino también una réplica del castillo de Elsa.

Antes de las Navidades coincidí con la familia entera y, para variar, tenían a los dos niños delante del televisor viendo ‘Frozen’. Me senté con ellos un rato y le pregunté a mi sobrina si a ella también le gustaba Elsa. Al fin y al cabo, no deja de ser un personaje femenino dispuesto a liderar todo un país sin necesitar ningún tipo de apoyo de un hombre. Para mi sorpresa, ella me contestó que no, que a ella quien le gustaba era Olaf, el muñeco de nieve.

Todavía los recuerdo a los dos el día de Reyes. Él con su corona abrazado a su muñeca y ella con un mono de Olaf corriendo sin parar. Y todos tan felices.

Propósitos para 2018

Resulta casi imposible no pensar en deseos, promesas o retos que lograr durante este 2018 cuando acaba de nacer. Como si el paso del 31 de diciembre al 1 de enero no fuera un día más a celebrar, sino que constituyera una oportunidad de empezar de nuevo, de recargar energías para lograr tus metas. Es por eso que me he decidido hacer una lista con doce propósitos para 2018. No incluyo grandes logros sino pequeños gestos que pueden acabar marcando un buen año. Ahí van:

1. Cantar más en la ducha. O en cualquier parte, en realidad. A veces la vida se lleva mejor con un poco de música, por muy desafinada que suene. El ánimo es lo que cuenta.

2. Bailar más (pero no en la ducha). Simplemente bailar hasta alcanzar esa sensación de que no existe ninguna preocupación aparte de la de seguir el ritmo.

3. Descubrir nuevas autoras. Aunque suelo leer de todo, hay algo especial en descubrir la obra de escritora que desconocías y a las que no se le ha dado la misma oportunidad que a sus compañeros varones.

4. Jugar en el mar. Entre mis propósitos de ese año está el de hacer un viaje a la costa, construir un castillo de arena y chapotear en el agua como cuando era pequeña. El flotador es opcional.

5. Ver un amanecer y un atardecer de película. Pero verlo de verdad, sin miradas al móvil ni otras distracciones que me impidan disfrutar de verdad del momento.

6. Pasar más tiempo con mis sobrinos. Va a sonar a que me hago mayor, pero es que crecen tan rápido…

7. Decir más ‘gracias’, ‘te quiero’ y, en general, distribuir más positividad y, sobre todo, sororidad. No parece mal propósito contribuir en la medida de lo posible a que el mundo sea algo más amable.

8. Reinventar los 30 años. Este año dejo atrás la década de los 20 para entrar en la de los 30. Aún no he pensado qué quiero hacer, pero sí lo que no quiero hacer: convertir mi cumpleaños en la fecha de una supuesta ‘transición’ para comenzar a pensar en comprar una casa, tener un hijo o casarme, como dictaría la tradición social. Quiero que los 30 signifiquen una cosa diferente para mí.

9. Correr. No de algo, sino hacia algo. Es decir, cuidarme un poco más y hacer más ejercicio, aunque sólo sea acompañando a Silvia cuando va a correr por el parque. La salud es importante.

10. Hacer reír más a la gente que me importa. «¿Que le dice una uva verde a una uva morada? ¡Respira!».

11. Evitar los spoilers, ya sea de series, películas o libros. La vida no tiene tanta emoción si ya conoces el final.

(ALERTA, SPOILER)

12. Ser feliz

La recomendación de diciembre: Chimamanda Ngozi Adichie

Llegué a las novelas de la escritora Chimamanda Ngozi Adichie a través de las reivindicaciones feministas que ha hecho en sus entrevistas en prensa. Así que, claro, me tenía ganada casi desde el principio. Tras leer algunas de sus obras, me reafirmo en el elogio y, por eso, me gustaría destacarla como recomendación de este mes.

Chimamanda Ngozi Adichie es una escritora nacida en Nigeria en 1977. Cuando era joven se trasladó a Estados Unidos para estudiar comunicación y ciencias políticas en Filadelfia y Connecticut. En la actualidad vive entre esos dos países, da clases de escritura y es una autora reconocida y premiada.

La primera novela que leí de ella es, en realidad, la última de las obras de ficción que ha publicado. Se titula ‘Americanah’, una novela de esas que acabas definiendo como ‘necesarias’ por impulsarte a reflexionar sobre temas que, de otra forma, no te habrías planteado. La novela está protagonizada por Ifemelu, una joven nigeriana que se traslada a Estados Unidos para culminar sus estudios. Hasta ahí, se ven bastantes parecidos con la biografía de la autora.

A través de los ojos de Ifemelu vemos una sociedad en la que la raza sigue siendo un condicionante para quienes no son blancos. La protagonista incluso dice que no se sintió ‘negra’ hasta que no aterrizó en Estados Unidos, donde ha de luchar contra la pobreza, los prejuicios y la cuestión de la identidad. Su historia se entrelaza con la de su antiguo novio, Obinze, que corre peor suerte como persona indocumentada en Londres.

Sin pretender orden ninguno, después me sumergí entre las páginas de la primera novela de Chimamanda, ‘La flor púrpura’ (‘Purple Hibiscus’). Se trata de una historia muy diferente, en cuanto que transcurre únicamente en Nigeria. Allí, la heroína (no hay mejor forma de describir a las protagonistas femeninas de Chimamanda) se enfrenta a otro tipo de problemas en el represivo seno familiar, encabezado por un padre maltratador y profundamente religioso.

Son dos novelas que recomiendo encarecidamente y que me han despertado la curiosidad por continuar leyendo su obra narrativa. Pero además Chimamanda se ha convertido en una activista por la igualdad de las mujeres. Sus últimas dos obras son en realidad ensayos sobre la cuestión del feminismo: ‘Todos deberíamos ser feministas’ (‘We Should All Be Feminist’) y ‘Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo’ (‘Dear Ijeawele, Or a Feminist Manifesto in Fifteen Suggestion’).

El primero de ellos es la adaptación de una charla ‘TED’ impartida por Chimamanda en la que denuncia varias formas de machismo con un discurso claro y accesible. Habla desde su experiencia personal, desde aquella vez que, de niña, no la dejaron ser delegada de clase porque era un rol reservado para los niños, a pesar de que ella tenía las mejores notas. También desmonta las desigualdades que se dan en las relaciones, en la sociedad, en la educación o en las expectativas de género.

Incluyo el vídeo de la charla porque me parece que, con palabras muy sencillas, consigue retratar los sinsentidos que hay detrás del machismo actual.

Me parece una escritora a tener muy en cuenta y me ha alegrado el impacto que ya ha tenido su obra tratando cuestiones como el feminismo o el racismo. Y destacar a este tipo de autoras creo que es una buena forma de acabar un año en el que el feminismo ha logrado dar pasos importantes. Nos leemos en 2018.

Presiones navideñas

Otra vez Navidad y otra vez las mismas preguntas y comentarios. «¿Tienes novio?», «¿Cuándo te vas a casar/ a tener hijos?», «Mira que ya casi tienes 30 años». Todos los años suele aparecer alguna de esas cuestiones en los primeros segundos de conversación con un pariente al que hace tiempo que no ves.

Lo ‘curioso’ es que tengo primos de edades similares a la mía y a ellos, primero de todo, les preguntan por el trabajo. Quizás luego por el coche, por su piso o por alguna nueva posesión. Luego, ya si eso, les preguntan por sus parejas. Y aún así el tono es diferente. Cuando eres mujer y tienes 29 años ya no hay nadie que intervenga en la conversación para decir que todavía eres demasiado joven. Sin embargo, si eres un hombre de la misma edad, aunque no tengas pareja ni perspectiva de iniciar una familia pronto, es probable que haya algún comentario tipo ‘es que se está centrando en su trabajo’. Porque es natural que los hombres puedan elegir. En cambio, si eres mujer y te atreves a dudar sobre tu voluntad de tener hijos tarde o temprano, sigues siendo el objetivo de las desconfianzas.

Reconozco que muchas veces no tengo respuestas a ese tipo de preguntas. Por muy feminista que me considere, soy incapaz de pensar un argumento contundente en esos momentos en los que tu pariente te mira de forma condescendiente, como si pensara en el fondo que eres un ‘caso perdido’ o que tu destino es acabar sola, criando gatos, a menos que hagas algo para remediarlo.

¿Cómo es posible que hayan sobrevivido todos esos tópicos sobre ‘solteronas’? A veces me gustaría tener la misma fortaleza que Silvia. Ella no duda en responder de forma tajante que no quiere tener hijos. Ni ahora ni nunca. Y ante las miradas a veces incrédulas de los demás, continúa diciendo que el mundo está ya lo suficientemente poblado y que habría que centrarse más en cómo redistribuir los recursos de manera igualitaria.

El problema en mi caso es que cuando pienso en la maternidad se empieza a extender una nebulosa por mi mente. Mi primera inclinación es a querer tener hijos. Luego empiezan las lagunas: ¿podré mantenerlos económicamente? ¿Tendré que renunciar a progresar en mi trabajo, a viajar, a vivir otras experiencias? ¿Estaré alguna vez mentalmente preparada para criar a un niño o niña? ¿En qué tipo de mundo crecerán?

No me considero egoísta ni mala persona por plantearme este tipo de preguntas, como han sugerido algunos de mis familiares. No siento ningún ‘reloj biológico’ para cumplir lo que la sociedad dice que es mi destino ineludible. Sólo considero que la maternidad y la paternidad deben ser una opción completamente libre, teniendo en cuenta las responsabilidades que conlleva. Ojalá algunas Navidades en vez de preguntarme cuándo tendré hijos, pregunten -como mucho y dependiendo del nivel de confianza- si quiero tenerlos.